Mi nombre es Any
Escobar, tengo 24 años, y antes de empezar a contarte parte de mi vida, quiero
decirte que no es casualidad que yo este escribiendo esto, ni que tú lo estés
leyendo.
Mi infancia fue prácticamente la infancia soñada de todo niño, siempre tuve el juguete que quería aun antes de pedirlo, siempre me llevaban a los lugares que yo quería ir, tuve la mejor ropa, nunca me falto nada. Vivía con mis abuelos, mi mami y mi hermano, mi papá simplemente desapareció cuando se dio cuenta de mi existencia, pero en realidad nunca me hizo falta un papa, porque mi abuelo encajaba perfecto en ese papel, y yo me sentía tan consentida por él, que eso era suficiente.
Mi infancia fue prácticamente la infancia soñada de todo niño, siempre tuve el juguete que quería aun antes de pedirlo, siempre me llevaban a los lugares que yo quería ir, tuve la mejor ropa, nunca me falto nada. Vivía con mis abuelos, mi mami y mi hermano, mi papá simplemente desapareció cuando se dio cuenta de mi existencia, pero en realidad nunca me hizo falta un papa, porque mi abuelo encajaba perfecto en ese papel, y yo me sentía tan consentida por él, que eso era suficiente.
Pero a pesar de tener todo lo que quería, nunca fui una niña del todo feliz,
algo faltaba. Fui creciendo (literalmente xD) y llegué a la famosa edad de la coquetería,
pero empecé a sentirme tan insegura de mí misma, era mucho más alta que la
mayoría de las niñas de mi edad y muy delgada, sinceramente no me sentía nada
bonita, en el colegio no le hablaba a nadie, era tímida, me sentía mucho menos
que los demás, pero siempre traté de cubrir esa inseguridad detrás de un carácter
“alegre”, siempre estaba sonriendo, era mi manera de agradar a todo el mundo: Ser
buena y dulce con todos, aun hipócritamente.
Empecé a ir a una iglesia cristiana y al principio me gustaba pero después me
parecía aburrido y no entendía nada de lo que decían. Iba sólo por obedecer a
mi mama. Cumplí 15 años y empecé el bachillerato, era muy inteligente pero para
mí eso no servía de nada, así que decidí cambiar. Me hice amiga de los jóvenes
más rebeldes del salón y empecé a ser como ellos. De la noche a la mañana, mi
inseguridad se convirtió en exceso de seguridad, creía que nadie debía
mandarme, que yo podía hacer lo que quería, y me empecé a ganar un puesto de
“líder” entre los demás. Todos me obedecían a mí al punto de que cuando alguien
me hacia algo que no me gustaba, yo hacia que todo el salón dejara de hablarle
a esa persona y que incluso se pelearan con él o ella.
Era extremadamente rebelde, no había un solo día en el que no me llevaran a la dirección castigada. Y aunque en mi casa era obediente, la relación con mi mamá no era nada buena.
Era extremadamente rebelde, no había un solo día en el que no me llevaran a la dirección castigada. Y aunque en mi casa era obediente, la relación con mi mamá no era nada buena.
Así llegue a la universidad a los 16 años, y las cosas sólo empeoraron. Me sentía tan bien siendo la “líder” del grupo y ahí probé el cigarro y el alcohol (aunque nunca me gustaron). A los 17 años conocí a un muchacho, un mes después empezamos a andar, según yo no había nada de malo en “intentar” algo con alguien, total si funcionaba bueno y sino ni modo. No sabía en lo que me metía.
A pesar que tenía novio (y que él era extremadamente celoso) siempre tuve
muchos amigos hombres, era extremadamente vanidosa y me arreglaba para llamar
la atención de ellos, parte de dejar a un lado mi inseguridad era sentir que
muchos hombres se interesaban en mi, y así era. Pero eso no era suficiente, me
seguía sintiendo incompleta; aparentemente, yo era feliz pero en el fondo sabía
que algo me faltaba. Pasó un año, otro y otro, y muchas peleas con mi novio nos
hicieron tomar la decisión de buscar a Dios para estar mejor entre nosotros, no
había nada de malo en buscar a Dios juntos, lo malo era que no lo buscábamos
por las razones correctas. A pesar de que íbamos a la iglesia las cosas
siguieron igual tanto en la relación como en mi vida diaria.
Decidí salirme de la universidad y empecé a trabajar, al principio era muy responsable, era de las mejores en mi área, quería hacer las cosas bien, trataba de orar todos los días para ver si así todo empezaba a salirme bien, pero a los pocos meses, el hombre mas importante de mi vida, aquel que siempre me dio todo lo que quise y mas, quien para mi cumplió a la perfección su papel de papa, falleció. Fue el peor momento de mi vida, perder a mi abuelo era lo peor que había tenido que soportar. Me enoje con Dios, deje de orar, me aleje aún mas de El, empecé a hacer todo mal en mi trabajo, y unos meses después, renuncié. Las cosas en mi casa se pusieron difíciles económicamente, después de tenerlo todo, tenía que limitarme a muchas cosas.
Decidí salirme de la universidad y empecé a trabajar, al principio era muy responsable, era de las mejores en mi área, quería hacer las cosas bien, trataba de orar todos los días para ver si así todo empezaba a salirme bien, pero a los pocos meses, el hombre mas importante de mi vida, aquel que siempre me dio todo lo que quise y mas, quien para mi cumplió a la perfección su papel de papa, falleció. Fue el peor momento de mi vida, perder a mi abuelo era lo peor que había tenido que soportar. Me enoje con Dios, deje de orar, me aleje aún mas de El, empecé a hacer todo mal en mi trabajo, y unos meses después, renuncié. Las cosas en mi casa se pusieron difíciles económicamente, después de tenerlo todo, tenía que limitarme a muchas cosas.
Por alguna razón no pude aguantar mucho tiempo así. Mi hermano empezaba a ir a
los cultos de jóvenes de otra iglesia, y un día decidí ir con él. La segunda vez que fui, al salir de la
iglesia, en un semáforo, un bus nos chocó el carro en el que íbamos, quede inconsciente
por un momento, por el impacto me salí del carro, y me quede varios segundos
sin poder respirar, cuando reaccioné solo sentí que algo me cubría la cara y el
ojo y no podía ver bien, de repente habían muchas personas alrededor viéndome y
yo solo podía escuchar sus comentarios: “Pobrecita. Tan bonita y a saber como
va quedar, esa herida es grave, puede desangrarse”. Yo no sabía qué me había
pasado, llegaron los policías, me subieron a su carro y me llevaron al hospital,
al entrar la gente me veía con cara desagradable, yo solo podía ver que el
pasillo del hospital quedaba ensangrentado a medida que yo iba pasando, toda mi
ropa, mi cabello, mis brazos, todo era sangre. Unos jóvenes se me acercaron y
me preguntaron qué me había pasado, y sin darme cuenta empecé a decirles que
Dios era bueno por que yo estaba viva, empecé a decirles que Él los amaba y que
así herida, yo sabía que El seguía teniendo cuidado de mí. Ellos me veían con
la boca abierta, sé que Dios no me llevo a ese hospital por casualidad, quería
que hablara de El a esos jóvenes. Aun sin merecerlo, él quería usarme.
Justo al
terminar de hablar con ellos, llegó mi familia y me llevaron a otro hospital, ya
ahí, tuvieron que operarme porque tenia vidrios incrustados en toda mi cara, la
peor herida era la que iba desde la oreja hasta el párpado, el vidrio corto en
línea recta pero justo antes de llegar
el ojo, se desvió hacia arriba, hacia la frente, era como si alguien hubiera
metido su mano para que no me cortara el ojo. Los doctores no entendían como el
vidrio había cambiado de dirección, yo sabía que era la mano de Dios. Antes de operarme, mi familia entro a verme y todos
me decían lo mismo: “Pedile a Dios que todo salga bien” pero por más que
trataba de pedírselo a Dios, las únicas palabras que salían de mi eran: “Gracias
Dios, gracias, gracias, gracias.” Nunca antes le había agradecido tanto, el diablo
me decía que no habían motivos para agradecer si estaba en un hospital a punto
de ser operada, probablemente me quedarían muchas cicatrices, no podría abrir
ni cerrar el ojo, y yo.. ¿Agradeciendo? Pero si... Irónicamente era lo único
que podía decirle a Dios: “gracias porque estoy viva, y porque no perdí mi ojo”
Con el tiempo comprendí que ese accidente, era Dios tratando directamente
conmigo, enseñándome muchas cosas, y quitándome otras, entre esas, la vanidad y
la inseguridad. Era El poniendo en mí el deseo de regresar a El, pero ahora por
las razones correctas.
Desde ese día, no podía pasar un solo día sin buscar a Dios y darle gracias, cada día quería aprender y estar más cerca de El, no me importaba ninguna otra cosa más que Su voluntad, y en el fondo yo sabia que esa relación de noviazgo, entre otras cosas, no era parte de su voluntad, así que decidí terminarla, tiempo después, llego a mis manos un libro que me cambio la mentalidad y me enseño mucho “El camino correcto hacia la persona correcta” era Dios confirmándome que había algo mejor para mi que esa relación.
Desde ese día, no podía pasar un solo día sin buscar a Dios y darle gracias, cada día quería aprender y estar más cerca de El, no me importaba ninguna otra cosa más que Su voluntad, y en el fondo yo sabia que esa relación de noviazgo, entre otras cosas, no era parte de su voluntad, así que decidí terminarla, tiempo después, llego a mis manos un libro que me cambio la mentalidad y me enseño mucho “El camino correcto hacia la persona correcta” era Dios confirmándome que había algo mejor para mi que esa relación.
Volví a la universidad, Dios se encargo de poner en el corazón de alguien que
me costeara la universidad y así fue, desde entonces no me preocupo por como
voy a pagarla porque sé que El proveerá como lo ha hecho tantas veces ya. Mi
relación con mi mami mejoro, y ahora puedo decir que estamos más unidas que
nunca. Me dispuse a ser usada por Dios en todo lo que fuera necesario. Empecé a
incluirlo en cada una de mis decisiones (lo que menos quería era equivocarme al
tener que decidir algo e ir en contra de su voluntad)
Sé que no soy perfecta, sé que a Dios y a mí aun nos
falta mucho por hacer juntos, mucho por trabajar. Vamos paso a paso, un día a
la vez, pero me encanta saber que estamos haciéndolo juntos, que ya no tengo
que luchar yo sola, no tengo que buscar yo sola la felicidad o la aprobación de
los demás, porque ahora lo tengo a El que todos los días me hace feliz, que se
alegra cuando voy ante El, como un papa se alegra cada vez que ve a su niñita.
Sé que los
planes que Él tiene para mi son los mejores que alguien pudiera tener, aun
mejor que los míos propios. Y lo mejor de todo, sé que Él es mi papa, y con
toda la seguridad puedo decir que es el MEJOR papá que alguien pudiera tener.
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